Si llegara un notas de repente y te dijera que uno de los mayores desastres provocados por el ser humano comenzó porque un gobierno decidió declarar la guerra a unos simples gorriones, probablemente pensarías que te está tomando por el pito del sereno. Al fin y al cabo, hablamos de unos pajarillos super cuquis que pesan poco más que un paquete de Fortuna, cantan al amanecer y, como mucho, se te cagan encima cuando tienen un mal día.
Pues bien, en 1958, eso fue exactamente lo que ocurrió.
El gobierno de Mao Tse-Tung llegó a la conclusión de que los gorriones eran enemigos del pueblo. Según sus cálculos, cada ave se comía varios kilos de grano al año. Multiplica esa cifra por millones de pájaros y el resultado parecía evidente: si desaparecían los gorriones, habría más comida para todos. Sobre el papel sonaba como un plan brillante, sin fisuras. Era un auténtico win-win: menos pájaros, más cosechas y millones de personas mejor alimentadas. En la práctica fue una de las decisiones más desastrosas de la historia de la humanidad.
Millones de personas participaron en una campaña nacional digna de una película de ciencia ficción. Niños, campesinos, soldados y funcionarios recorrían las calles haciendo sonar tambores, golpeando cacerolas y agitando cualquier objeto que produjera ruido para impedir que los gorriones pudieran posarse. Las pobres aves, agotadas tras horas volando sin descanso, terminaban cayendo muertas al suelo por puro agotamiento. En otros lugares se destruían nidos, se rompían huevos y se abatía a cualquier gorrión que tuviera la mala suerte de cruzarse con una turba enfurecida al más puro estilo de los Simpson.
Durante unos meses, China creyó haber ganado la guerra. Lo que nadie imaginaba era que aquellos pequeños pájaros estaban haciendo un trabajo muchísimo más importante que comerse unas cuantas semillas. Y cuando desaparecieron, la naturaleza respondió de una forma tan brutal que convirtió aquella campaña en una lección que todavía hoy se estudia en universidades de todo el mundo. Porque resulta que ganar la guerra a los gorriones era bastante más fácil que sobrevivir a un mundo sin ellos.
La guerra más absurda de la historia
Todo comenzó en 1958, cuando Mao Tse-Tung puso en marcha el llamado Gran Salto Adelante, un ambicioso plan con el que pretendía transformar China en una potencia industrial y agrícola capaz de competir con las grandes naciones del mundo. La idea era sencilla: si el país producía más acero y más alimentos, el futuro sería mucho más próspero. Sobre el papel sonaba que te cagas. El problema era que muchas de las decisiones se tomaban más por entusiasmo político que por conocimientos científicos. Fue entonces cuando algún lumbreras señaló a un enemigo inesperado: los malvados gorriones.
Según los cálculos del gobierno, cada uno de estos pájaros se alimentaba de varios kilos de grano al año. Multiplicado por millones de aves, el resultado parecía escandaloso. La conclusión era tan simple como aparentemente brillante: si se eliminaban los gorriones, todo ese cereal acabaría en los graneros y habría comida de sobra para alimentar a la población. Menos pájaros, más cosechas y sonrisas y felicidad everywhere.
Así nacía la llamada Campaña de las Cuatro Plagas, un gigantesco plan nacional para exterminar moscas, mosquitos, ratas… y gorriones. Lo que vino después fue una de las movilizaciones más surrealistas que ha protagonizado un país en tiempos de paz. Escuelas, fábricas, oficinas y pueblos enteros se volcaron en la misión. Los niños abandonaban las aulas para buscar nidos, los soldados organizaban batidas y miles de vecinos recorrían las calles armados con cacerolas, tambores y cualquier objeto capaz de hacer ruido.
El objetivo era tan ingenioso como despiadado: impedir que los gorriones pudieran posarse. Cada vez que una bandada intentaba descansar, allí aparecía una multitud haciendo sonar ollas, sartenes y tambores para obligarla a volver a levantar el vuelo. Al principio parecía casi una fiesta popular. Pero, después de horas volando sin descanso, las aves comenzaban a caer al suelo completamente exhaustas. Entonces eran rematadas o simplemente morían de agotamiento.
China había convertido la persecución de unos pequeños pájaros en una auténtica cuestión de Estado. Y durante un tiempo, parecía estar funcionando.

Cuando China creyó haber ganado, pero no
La campaña fue un éxito… al menos en teoría. En cuestión de meses, millones de gorriones habían desaparecido. Los periódicos publicaban fotografías de montañas de aves muertas como si fueran trofeos de guerra y las autoridades presumían de haber eliminado a uno de los grandes enemigos de la agricultura china. En colegios y fábricas se organizaban competiciones para ver quién destruía más nidos o entregaba más ejemplares. Participar en la campaña era casi una obligación patriótica.
Algunas de las escenas que se vivieron durante aquellos meses rozan el esperpento. En muchas ciudades, las plazas se llenaban de energúmenos golpeando cacerolas durante horas para mantener a las bandadas permanentemente en el aire. Los gorriones, incapaces de descansar, acababan desplomándose por puro agotamiento. En otros lugares, la gente trepaba a los árboles para destruir nidos, rompía huevos o utilizaba tirachinas y escopetas para abatir cualquier ave que se cruzara en su camino. Durante un tiempo, los gorriones dejaron de ser simples pájaros y pasaron a ser considerados enemigos del pueblo.
La anécdota más increíble ocurrió en la embajada de Polonia en Pekín. Decenas de gorriones comenzaron a refugiarse en los árboles del recinto diplomático, donde las autoridades chinas no podían entrar sin autorización. Los funcionarios polacos se negaron a permitir el acceso, así que cientos de personas rodearon la embajada durante días haciendo sonar tambores y cacerolas para impedir que las aves aterrizaran fuera del recinto. Días después, el suelo estaba cubierto de gorriones muertos por agotamiento, como si fuera una película de Hitchcock.
A ojos del gobierno, la campaña era un éxito rotundo. Los gorriones prácticamente habían desaparecido y todo indicaba que las cosechas serían mejores que nunca. El problema era que alguien había olvidado hacerse una pregunta muy sencilla. ¿Y si aquellos pájaros servían para algo más que comerse el grano?

Entonces llegaron las langostas
Durante unos meses, el plan parecía un éxito rotundo. Había menos gorriones, así que las cosechas debían mejorar. El problema era que los científicos llevaban décadas advirtiendo de algo que el entusiasmo político decidió ignorar: no solo de grano viven los gorriones. También devoraban enormes cantidades de langostas, orugas y otros insectos que suponían una amenaza mucho mayor para la agricultura. Y la naturaleza no tardó en recordarlo.
Con millones de gorriones menos, las plagas de insectos prosperaron sin apenas oposición. Enormes nubes de langostas comenzaron a arrasar campos enteros, devorando cosechas a una velocidad imposible de controlar. El remedio había resultado mucho peor que la enfermedad. Los pocos granos que antes se comían los gorriones no eran nada comparados con la destrucción provocada ahora por millones de insectos hambrientos.
Aquella decisión coincidió, además, con otros graves errores del Gran Salto Adelante, como unas políticas agrícolas desastrosas y unas previsiones de producción completamente irreales. El resultado fue una de las mayores hambrunas de la historia. Los historiadores siguen debatiendo la cifra exacta de víctimas, pero se calcula que murieron entre 15 y más de 30 millones de personas. Evidentemente, la guerra contra los gorriones no fue la única responsable de semejante tragedia, pero sí contribuyó a agravar un desastre que ya estaba fuera de control.
Cuando las autoridades comprendieron el error, dieron marcha atrás. Los gorriones dejaron de formar parte de las Cuatro Plagas, sin embargo, el daño ya estaba hecho. De hecho, China llegó a importar gorriones desde la Unión Soviética para intentar recuperar una población de aves que ella misma había llevado al borde del colapso.

La guerra que nunca debió empezar
La historia de los gorriones se sigue estudiando hoy en universidades de todo el mundo porque demuestra hasta qué punto la naturaleza funciona como un inmenso efecto dominó. Eliminar una especie puede parecer una solución brillante cuando solo observas una pequeña parte del problema. Lo difícil es prever todo lo que ocurre después.
Lo más irónico de esta historia es que Mao declaró la guerra a uno de los mejores aliados que tenían los agricultores chinos. Sí, los gorriones se comían parte del grano, pero también protegían las cosechas de insectos mucho más destructivos. Sin saberlo, el gobierno eliminó a su propio ejército y dejó el campo completamente indefenso.
Quizá esa sea la gran lección de esta historia. A veces creemos que dominamos la naturaleza porque somos capaces de cambiarla. Lo realmente difícil es comprenderla. Y pocas decisiones lo demostraron de una forma tan cruel como aquella guerra absurda contra unos pequeños pájaros que, al final, resultaron ser mucho más importantes de lo que nadie había imaginado. Porque la historia está llena de enemigos diminutos capaces de cambiar el destino de civilizaciones enteras, desde los gorriones hasta el pequeño molusco que durante siglos fue capaz de poner en jaque a las grandes potencias navales de la Era de los Descubrimientos.
Un tema muy interesante y, lamentablemente actual, magníficamente tratado en tu articulo. Gracias Javi!