BLAME!: el manga donde hasta Google Maps se hace la picha un lío

Imagina una ciudad tan grande que tardarías varias vidas en cruzarla. Un lugar donde los ascensores recorren kilómetros, los edificios parecen no tener fin y las escaleras conducen a otras escaleras que nadie sabe quién construyó. Ahora imagina que, en medio de todo eso, hay un hombre caminando completamente solo. Eso es BLAME!.

Porque, aunque sobre el papel siga las aventuras de Killy, un misterioso viajero que busca a los últimos humanos capaces de controlar una inteligencia artificial fuera de control, cualquiera que haya leído unas pocas páginas sabe que el auténtico protagonista no es él. Es la inmensa Megaestructura que recorre sin descanso. Una ciudad tan absurda, gigantesca e incomprensible que convierte al ser humano en poco más que una mota de polvo perdida en el universo.

Si Akira revolucionó la ciencia ficción japonesa, Evangelion demostró que el anime podía esconder profundas reflexiones filosóficas y Animatrix exploró la relación entre el ser humano y las máquinas, BLAME! decidió ir todavía un paso más allá. No se conformó con crear un mundo fascinante: construyó uno tan inmenso y hostil que hace que el lector se sienta completamente insignificante desde la primera página. Y eso es precisamente lo que hace que BLAME! sea una de las obras de ciencia ficción más originales que se han dibujado jamás.

Un viaje hacia ninguna parte que funciona

La historia de BLAME! es engañosamente sencilla. Killy recorre una gigantesca ciudad buscando a un ser humano con los Genes Terminales de Red, los únicos capaces de devolver el control de la civilización a la humanidad. Durante el camino se enfrenta a máquinas, seres de silicio, mutantes y toda clase de criaturas que apenas entienden el mundo en el que viven.

Lo curioso es que el argumento casi parece una excusa. Si alguien resumiera la historia en dos líneas, no parecería especialmente original. Lo extraordinario no es el destino de Killy, sino el camino que recorre para llegar hasta él.

Porque leer BLAME! se parece más a explorar unas ruinas gigantescas que a seguir una aventura tradicional. Cada capítulo plantea nuevas preguntas, muestra escenarios imposibles y deja que sea el propio lector quien reconstruya poco a poco lo ocurrido. No hay personajes explicándolo todo ni interminables páginas de exposición. Tsutomu Nihei confía en que observes, deduzcas y, sobre todo, te pierdas.

Esa forma de contar la historia puede desconcertar al principio, sobre todo si vienes de mangas mucho más convencionales. Pero también convierte cada descubrimiento en algo mucho más satisfactorio. Cuando por fin empiezas a comprender cómo funciona ese mundo, sientes que no ha sido porque alguien te lo haya explicado, sino porque has aprendido a leer la ciudad igual que Killy. Y pocas obras consiguen involucrar tanto al lector en su propio proceso de descubrimiento.

La ciudad más impresionante jamás dibujada

Antes de dedicarse al manga, Tsutomu Nihei estudió arquitectura. Y se nota. Cada página transmite una sensación de escala casi imposible de describir. Torres que parecen perderse en el infinito, puentes que tardarían días en cruzarse, ascensores capaces de recorrer distancias absurdas y salas tan enormes que una ciudad entera cabría dentro de ellas sin problemas.

Lo fascinante es que ninguna de esas construcciones parece haber sido diseñada para personas. Da la impresión de que la ciudad lleva tanto tiempo creciendo por sí sola que ya ni siquiera recuerda para quién fue construida. Killy camina por ella como una hormiga perdida dentro de una catedral levantada por dioses que desaparecieron hace miles de años.

Muy pocos mangas consiguen transmitir esa sensación de pequeñez. Aquí no eres el héroe destinado a salvar el mundo. Eres un simple visitante en un lugar que seguiría existiendo exactamente igual, aunque desaparecieras mañana.

Hay momentos en los que Nihei dedica páginas enteras únicamente a mostrar edificios, túneles o pasillos interminables sin que ocurra absolutamente nada. Sobre el papel parece una locura. En la práctica, esas viñetas consiguen transmitir una sensación de inmensidad que sería imposible explicar con palabras. No estás viendo un escenario de fondo; estás contemplando un mundo que parece haber seguido creciendo durante miles de años sin importarle lo más mínimo que todavía existan seres humanos viviendo en él.

Un manga que quiere que te sientas perdido

Una de las críticas más habituales hacia BLAME! es que cuesta entender lo que está pasando. Y es verdad. Hay muy pocos diálogos, casi no existen explicaciones y, en ocasiones, los combates resultan caóticos. Más de un lector ha terminado un capítulo pensando que se ha saltado varias páginas sin darse cuenta.

Sin embargo, cuanto más lo piensas, más sentido tiene. Killy tampoco entiende del todo el mundo que recorre. Avanza por lugares abandonados desde hace siglos, encuentra civilizaciones que apenas duran unas páginas y contempla tecnologías tan avanzadas que parecen magia. El lector comparte exactamente la misma sensación de desconcierto que el protagonista.

No es una narración cómoda. Pero precisamente por eso consigue transmitir una atmósfera que muy pocas obras han logrado igualar.

Eso exige algo que hoy cuesta encontrar: paciencia. BLAME! no es un manga para leer con prisas ni para devorar un tomo detrás de otro buscando respuestas inmediatas. Es una obra que invita a detenerse en cada página, observar los detalles y aceptar que, durante buena parte del viaje, vas a tener más preguntas que respuestas. Y, curiosamente, esa incertidumbre acaba formando parte de su encanto.

Mucho más que un manga de ciencia ficción

Bajo toda esa arquitectura imposible y esos combates espectaculares se esconde una reflexión sorprendentemente profunda. BLAME! habla de la soledad, del paso del tiempo y de lo insignificante que puede llegar a ser el ser humano frente a las consecuencias de su propia tecnología.

Killy podría abandonar en cualquier momento. Sin embargo, continúa caminando sin descanso hacia un objetivo que parece inalcanzable. Esa búsqueda interminable recuerda inevitablemente al mito de Sísifo: seguir avanzando aunque nunca tengas la certeza de que alcanzarás la cima.

Quizá por eso BLAME! sigue siendo una obra tan especial casi treinta años después de su publicación. No porque tenga el mejor protagonista o la historia más fácil de seguir, sino porque consigue algo que muy pocos mangas logran: hacerte sentir completamente solo dentro de un mundo inmenso.

También resulta inevitable pensar en autores como H. P. Lovecraft o William Gibson. Del primero hereda esa sensación de insignificancia frente a algo tan inmenso que escapa a nuestra comprensión. Del segundo toma la fascinación por la tecnología y sus consecuencias. Sin embargo, Nihei consigue crear una identidad completamente propia, mezclando ambas influencias hasta construir una obra que sigue resultando única incluso décadas después de su publicación.

Una obra tan difícil como inolvidable

BLAME! no es un manga para todo el mundo. Si buscas una historia llena de explicaciones, personajes parlanchines o combates fáciles de seguir, probablemente acabes frustrado. Pero si disfrutas explorando mundos, interpretando pequeños detalles y dejando que una obra te haga trabajar como lector, pocas experiencias resultan tan fascinantes.

Tsutomu Nihei creó mucho más que un manga de ciencia ficción. Construyó un lugar. Un sitio frío, gigantesco y aterrador del que cuesta salir incluso después de cerrar el último tomo. Y eso explica por qué, casi tres décadas después, BLAME! sigue siendo una de las obras más influyentes y originales del género. Porque hay mangas que cuentan una historia… y luego está BLAME!, que consigue que nunca olvides el lugar donde esa historia ocurre.

Y si después de leerlo te quedas con ganas de regresar a la Megaestructura, siempre puedes echar un vistazo a la película de anime producida por Netflix en 2017. No alcanza la profundidad ni la atmósfera del manga, pero adapta parte de su universo con una animación espectacular y puede ser una buena puerta de entrada para quienes prefieran empezar por el formato audiovisual antes de lanzarse a una obra tan exigente.

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