Neon Genesis Evangelion empieza como un anime sobre adolescentes pilotando robots gigantes contra monstruos y termina convirtiéndose en una mezcla de existencialismo, ansiedad, trauma infantil, sexualidad reprimida, simbolismo religioso, zumo de naranja humano y un chaval de 14 años teniendo la peor semana de la historia de la humanidad.
Porque sí, Evangelion tiene explosiones, peleas épicas y monstruos lovecraftianos. Pero debajo de toda esa fachada de anime mecha se esconde una de las historias psicológicas y filosóficas más complejas jamás creadas en la animación japonesa. Una serie donde los robots no son robots, donde los enemigos representan conflictos internos, donde el apocalipsis mundial parece menos grave que hablar de sentimientos y donde cada personaje necesita urgentemente terapia, un abrazo o una camisa de fuerza.
Y es que el anime de los 90 tenía una obsesión muy particular: no quería entretenerte, quería destruirte emocionalmente mientras te obligaba a cuestionar la existencia humana. Evangelion no apareció de la nada, sino en una época donde la animación japonesa estaba llena de distopías psicológicas, futuros decadentes y protagonistas emocionalmente rotos. De hecho, muchas de las mejores obras cyberpunk y existencialistas de aquella década parecían convencidas de que el futuro iba a ser horrible, deprimente y probablemente biomecánico. Y viendo cómo acabó Tokio-3, tampoco iban muy desencaminados.
Entre referencias a la cábala, el cristianismo, Jung, Freud, el gnosticismo y la depresión clínica de Hideaki Anno, Evangelion acabó convirtiéndose en mucho más que un anime: se volvió un fenómeno cultural, una disección emocional de la soledad humana y probablemente la única serie capaz de hacer que alguien diga “no entendí nada, obra maestra absoluta”. La influencia de Evangelion también puede sentirse en muchísimas obras posteriores de ciencia ficción psicológica y cyberpunk. De hecho, igual que ocurrió con Animatrix expandiendo el universo filosófico y tecnológico de Matrix hasta niveles absurdamente complejos, Evangelion acabó convirtiéndose en algo mucho más grande que una simple serie de anime: una obra llena de simbolismo, interpretaciones, capas psicológicas y debates eternos sobre qué demonios acabas de ver realmente.
La historia de Evangelion: Adán, Lilith, Ángeles, EVAs y un yogurt existencial
La historia de Neon Genesis Evangelion empieza en un futuro postapocalíptico donde la humanidad apenas se está recuperando del Segundo Impacto, una catástrofe ocurrida en el año 2000 que derritió la Antártida, alteró el clima del planeta y mató a media humanidad. Oficialmente se dijo que había sido la caída de un meteorito. En realidad, fue un experimento científico intentando estudiar a un ser llamado Adán, el primero de los Ángeles. Porque en Evangelion nadie sabe que jugar con fuerzas cósmicas capaces de destruir el planeta no es una idea recomendable.
Quince años después aparece Shinji Ikari, un adolescente inseguro, emocionalmente destruido y con más problemas paternos que Luke Skywalker. Su padre, Gendo Ikari, lo llama de repente a Tokio-3 después de años ignorándolo por completo. Shinji cree que quizá por fin quiere verlo como un hijo. Lo que realmente quiere es meterlo dentro de un monstruo biomecánico gigante para pelear contra criaturas monstruosas capaces de provocar el fin del mundo. El padre del año.
Y aquí empieza el gran engaño de la serie. Al principio Evangelion parece un anime clásico de mechas: monstruos gigantes llamados Ángeles atacan la ciudad y unos robots enormes llamados EVAs salen a combatirlos. Pero poco a poco la serie empieza a revelar que todo es muchísimo más perturbador de lo que parecía.

Hace miles de millones de años una raza ancestral sembró distintos planetas con “semillas de vida”. Dos de esas semillas llegaron accidentalmente a la Tierra: Adán y Lilith. Adán debía dar origen a los Ángeles, seres increíblemente poderosos y cercanos a una forma de vida divina. Lilith, en cambio, terminó originando a la humanidad. El problema es que ambas semillas jamás debían coexistir en el mismo planeta porque eso podía provocar un evento capaz de alterar completamente la vida en la Tierra.
Los humanos, llamados “Lilin” por los Ángeles, viven separados gracias al Campo AT, una barrera metafísica que mantiene la individualidad. Y aquí Evangelion empieza a ponerse peligrosamente filosófico, porque el Campo AT no solo protege físicamente a las personas: también representa el ego, la identidad y la distancia emocional que existe entre unos seres humanos y otros. O dicho de forma más sencilla: el Campo AT es literalmente esa barrera mental que hace que puedas existir como individuo sin fundirte emocionalmente con el resto de la humanidad en una especie de mente colmena.
SEELE una especie de “club secreto de viejos multimillonarios y manipuladores” que controlan el mundo desde las sombras, parecido a los Illuminati, llega a la conclusión de que el sufrimiento humano existe precisamente porque las personas están separadas unas de otras. Así nace el Proyecto de Complementación Humana: destruir todos los Campos AT, fusionar todas las almas humanas en una sola conciencia colectiva y eliminar para siempre el dolor, la soledad y el miedo al rechazo. O dicho de manera menos elegante: convertir a toda la humanidad en un gigantesco yogurt de macedonia existencial con trauma compartido.
Shinji, Asuka, Rei, Misato y el desfile de traumas emocionales
Uno de los mayores aciertos de Neon Genesis Evangelion es que prácticamente todos sus personajes están emocionalmente rotos de maneras distintas. Shinji Ikari, lejos de ser el típico protagonista shonen seguro de sí mismo, es un adolescente abandonado por su padre, incapaz de valorarse y aterrorizado por la posibilidad de ser rechazado por los demás. Mucha gente lo odia porque llora, duda y colapsa mentalmente constantemente, pero ahí está precisamente la genialidad del personaje: Evangelion no muestra cómo un chico se convierte en héroe, sino cómo alguien psicológicamente destruido intenta seguir funcionando mientras el mundo le exige salvar a la humanidad.
Asuka Langley Soryu representa el extremo contrario: arrogante, agresiva y desesperada por demostrar constantemente que es especial porque en el fondo tiene un terror absoluto a ser inútil o ignorada. Toda su personalidad funciona como una armadura emocional nacida del trauma de una infancia marcada por el abandono y la muerte de su madre. Rei Ayanami, en cambio, es casi la negación completa de la identidad individual: un clon creado para obedecer, incapaz de entender inicialmente quién es o qué siente realmente, cuya evolución consiste precisamente en descubrir que puede decidir por sí misma. Misato Katsuragi aparenta ser la adulta funcional del grupo, pero detrás de su actitud despreocupada esconde una enorme incapacidad para gestionar relaciones afectivas sanas, arrastrando el trauma del Segundo Impacto y una obsesiva necesidad de afecto masculino que la lleva a repetir patrones emocionales autodestructivos.
Incluso personajes secundarios como Gendo Ikari, obsesionado enfermizamente con reunirse con su esposa muerta, aunque eso implique provocar el apocalipsis, Ritsuko Akagi atrapada en una relación tóxica repitiendo los errores emocionales de su madre, o Kaworu Nagisa, el único personaje capaz de aceptar a Shinji sin juzgarlo, funcionan como distintas formas de explorar la soledad, el miedo al rechazo y la incapacidad humana para conectar emocionalmente. Por eso Evangelion resulta tan incómodo y tan humano al mismo tiempo: porque debajo de los monstruos gigantes y el simbolismo religioso, la serie realmente trata sobre personas incapaces de quererse a sí mismas intentando desesperadamente que alguien más lo haga por ellas.
Los EVAs no son robots y eso lo cambia TODO
La mayor trampa narrativa de Evangelion es que te hace creer durante media serie que estás viendo robots gigantes peleando contra monstruos, hasta que poco a poco empiezas a sospechar que esos “robots” respiran, sangran, rugen y se mueven de maneras bastante poco mecánicas para ser simples máquinas.
Y entonces llega la revelación: los EVAs no son robots. Son seres biológicos gigantes creados a partir de Adán o Lilith, cubiertos con armaduras y limitadores para mantenerlos bajo control. La armadura no les da poder; al contrario, funciona como una jaula. Cuando un EVA entra en modo berserk no significa que la máquina esté fallando. Significa que la criatura viva que hay debajo acaba de despertar y ha decidido que ya no quiere seguir obedeciendo.
Por eso muchas escenas de combate en Evangelion terminan pareciendo películas de terror biológico más que batallas mecha tradicionales. Los EVAs rugen, regeneran miembros, pierden el control y llegan a devorar Ángeles como animales salvajes. El EVA-01 especialmente deja claro varias veces que debajo de toda esa estética tecnológica hay algo muchísimo más cercano a una entidad monstruosa y casi divina.
Pero Evangelion todavía tenía una última bomba psicológica preparada: dentro de cada EVA habita el alma de la madre del piloto. Por eso Shinji puede sincronizarse tan bien con el EVA-01. Porque dentro de esa criatura vive el alma de Yui Ikari, su madre desaparecida años atrás. Lo mismo ocurre con Asuka y el EVA-02. Los niños no pilotan simplemente una máquina: establecen una conexión emocional y espiritual con un ser que contiene literalmente el amor, el trauma y los restos emocionales de sus propias madres. Y de repente toda la serie cambia.
Porque ya no estás viendo adolescentes controlando robots gigantes. Estás viendo niños emocionalmente abandonados intentando conectar con el recuerdo de sus madres dentro de monstruos biomecánicos creados para luchar contra dioses alienígenas mientras una organización secreta planea convertir a la humanidad en sopa existencial colectiva. Y lo más increíble es que Evangelion consigue que eso tenga sentido emocional.

Continúa en la Parte 2 para enterarte de como una serie de ciencia ficción psicológica pasa a convertirse en el mayor festival de rayadas mentales jamás emitido en televisión.