Las mejores distopías de ciencia ficción del siglo XX: Predijeron un futuro aterrador y se quedaron cortas

Vivimos en una época maravillosa donde un algoritmo decide qué ves, qué compras, qué piensas y probablemente hasta qué meme vas a mandar esta noche por WhatsApp. Así que quizá no es casualidad que las grandes novelas distópicas del siglo XX sigan dando más miedo hoy que cuando fueron escritas. Porque estos autores miraron al futuro y dijeron: “esto se va a ir a la mierda”. Y lo peor es que acertaron bastante.

Mucho antes de que Netflix descubriera que podía hacer series oscuras con gente triste mirando pantallas holográficas, escritores como Yevgueni Zamiatin, Aldous Huxley, George Orwell o Ray Bradbury ya estaban imaginando futuros donde los gobiernos controlaban a la población, la tecnología destruía la humanidad y la gente se volvía gilipollas por voluntad propia.

Y viendo cómo funciona Twitter estos días, quizá no iban tan desencaminados.

Nosotros (1924): el abuelo soviético de todas las distopías

Antes de 1984, antes de Un mundo feliz y antes de que media ciencia ficción descubriera lo divertido que es aplastar psicológicamente al lector, apareció Nosotros de Yevgeny Zamyatin.

La novela nos presenta una sociedad futurista completamente matematizada donde los ciudadanos ni siquiera tienen nombres: solo números. Todo está regulado, controlado y organizado con precisión enfermiza. Las casas son de cristal para que el Estado pueda vigilar constantemente a la población y la individualidad prácticamente ha desaparecido.

Básicamente el sueño húmedo de cualquier jefe de estado obsesionado con el poder.

Lo increíble es que Zamiatin escribió esto en plena Unión Soviética y el régimen entendió perfectamente la indirecta. El libro fue prohibido rápidamente porque, sorpresa, a las dictaduras no les suele gustar demasiado que las comparen con pesadillas esclavistas.

Un mundo feliz (1932): la sociedad donde todo el mundo está demasiado feliz

Luego llegó Un mundo feliz de Aldous Huxley y decidió plantear una idea todavía más inquietante: ¿y si el problema no fuera la opresión, sino que la gente estuviera encantada de ser esclava?

Aquí el control no funciona mediante violencia constante ni policías secretas. La sociedad simplemente ha sido diseñada para que nadie piense demasiado. Drogas legales, entretenimiento infinito, sexo casual, manipulación genética y ciudadanos felices consumiendo cosas sin parar.

O sea un centro comercial gigante con ingeniería social.

Lo terrorífico de Un mundo feliz es que mucha gente lo lee esperando una distopía horrible y a mitad del libro empieza a pensar: “bueno… tampoco se vive tan mal ahí”. Y eso da bastante miedito.

1984 (1949): el libro que convirtió las cámaras de vigilancia en trauma colectivo

Si Un mundo feliz da mal rollo, 1984 directamente te marca una depresión en el corazón con una barra de hierro. George Orwell creó posiblemente la distopía más famosa de toda la historia: un mundo donde el gobierno controla absolutamente todo, reescribe la verdad constantemente y vigila a la población de forma permanente bajo la figura del Gran Hermano.

Y sí, el concepto de “Gran Hermano” viene de aquí, no del famoso programa cultural de Telecinco.

El libro introdujo conceptos tan potentes que acabaron entrando en el lenguaje cotidiano: policía del pensamiento, neolengua, doblepensar… Básicamente Orwell inventó la mitad del vocabulario que usamos hoy para describir internet. Y lo más terrorifico es que cuanto más pasan los años, más parece un documental.

Fahrenheit 451 (1953): bomberos que queman libros porque leer da ansiedad

Después apareció Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, que imaginó una sociedad donde los libros están prohibidos y los bomberos se dedican a quemarlos.

Y aquí viene lo gracioso: Bradbury no estaba criticando solamente la censura estatal. También hablaba de una población incapaz de concentrarse, obsesionada con el entretenimiento rápido y cada vez menos interesada en pensar. El tío predijo TikTok en los años cincuenta.

Las pantallas gigantes, la sobreestimulación constante y la gente viviendo pegada a contenidos vacíos hacen que esta novela siga sintiéndose peligrosamente actual. Y encima Bradbury escribe tan bien que consigue que hasta una escena de gente leyendo debajo de un árbol parezca épica.

El fin de la infancia (1953): cuando los aliens llegan y se convierten en los dictadores más eficientes

Ese mismo año que apareció Fahrenheit 451, Arthur C. Clarke publicó El fin de la infancia, una novela donde unos extraterrestres llegan a la Tierra y, en vez de invadirnos, deciden ayudarnos. Suena bien. Pues no.

Porque Clarke convierte una idea aparentemente optimista en una de las novelas más existencialmente incómodas de toda la ciencia ficción clásica. La humanidad entra en una especie de utopía perfecta… pero a costa de perder aquello que la hacía humana.

Y cuanto menos sabes de este libro antes de leerlo, mejor. Solo diré que el final deja a muchísima gente mirando al techo durante media hora preguntándose qué coño acaba de pasar.

El fin de la eternidad (1955): Asimov descubre que jugar con el tiempo trae problemillas

Isaac Asimov normalmente escribía ciencia ficción muy lógica, muy cerebral y muy “ingenieros discutiendo cosas importantes”. Pero en El fin de la eternidad decidió mezclar viajes temporales con paranoia existencial.

Aquí existe una organización llamada Eternidad que modifica la historia para evitar guerras, sufrimiento y catástrofes. El problema es que cuanto más manipulan el tiempo, más empiezan a destrozar la evolución natural de la humanidad.

Básicamente la novela plantea que quizá intentar arreglarlo absolutamente todo termina convirtiendo a la civilización en un rebaño aburridísimo. Y la verdad, viendo ciertas reuniones de recursos humanos… igual Asimov tenía razón.

Sueñan los androides con ovejas eléctricas (1968): depresión cyberpunk antes del cyberpunk

Muchísima gente conoce Blade Runner, pero muy pocos han leído ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick. Y vaya fumada maravillosa.

La novela transcurre en un futuro postapocalíptico lleno de animales artificiales, humanos emocionalmente rotos y androides casi indistinguibles de las personas reales. Dick estaba obsesionado con una pregunta muy sencilla: ¿qué significa realmente ser humano? Y la respuesta parece ser: “probablemente nadie lo sabe”.

El libro mezcla filosofía, paranoia, religión, capitalismo raro y señores deprimidos acariciando ranas robóticas. Es exactamente el tipo de novela que lees pensando “esto es brillante” mientras al mismo tiempo no entiendes absolutamente nada.

La quinta cabeza de Cerbero (1972): Wolfe decide destruirte el cerebro elegantemente

Gene Wolfe era incapaz de escribir una novela sencilla aunque le apuntaran con una pistola láser. La quinta cabeza de Cerbero, es una mezcla extrañísima de colonialismo, identidad, clones, memoria y narradores que probablemente te están mintiendo constantemente.

Leer a Wolfe es como intentar resolver un puzzle mientras alguien te golpea suavemente con una enciclopedia en la cabeza.

La novela exige muchísima atención, pero también recompensa muchísimo al lector paciente. Y cuanto más piensas en ella, más perturbadora se vuelve.

El cuento de la criada (1985): Margaret Atwood escribió una pesadilla demasiado plausible

Cuando Margaret Atwood publicó El cuento de la criada, muchísima gente pensó que exageraba. Ahora ya no tanto.

La novela imagina una dictadura teocrática donde las mujeres pierden prácticamente todos sus derechos y son utilizadas como herramientas reproductivas del Estado. Y lo terrorífico es que Atwood siempre ha dicho que no inventó nada: todas las barbaridades del libro habían ocurrido ya en algún momento de la historia real.

Así que sí. Bastante mal rollo.

Ensayo sobre la ceguera (1995): Saramago demuestra que la humanidad es idiota

Finalmente llegamos a Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, probablemente una de las novelas más incómodas de toda la lista.

La premisa es simple: una epidemia de ceguera empieza a extenderse por el mundo y la sociedad colapsa casi inmediatamente.

Y digo inmediatamente porque Saramago parece convencido de que la civilización humana está sostenida con cinta adhesiva y buena suerte.

El libro es asfixiante, cruel y profundamente pesimista, pero también increíblemente brillante. Y después de leerlo te entran ganas de guardar comida enlatada y desconfiar de absolutamente todo el mundo.

La ciencia ficción clásica sigue dando miedo porque acertó muchas veces  

Lo fascinante de todas estas novelas es que no hablan realmente del futuro. Hablan del presente de sus autores. Del miedo al totalitarismo, a la tecnología, al consumismo, a la pérdida de identidad o simplemente a que la humanidad sea muchísimo más idiota de lo que nos gusta admitir.

Y quizá por eso siguen funcionando tan bien décadas después.

Porque cambia la tecnología, cambian los gobiernos y cambian las modas… pero el ser humano sigue teniendo exactamente la misma capacidad para convertir cualquier avance maravilloso en una idea terrible.

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