⚠️ Aviso: este artículo contiene spoilers, puñetazos letales, águilas trabajando en Correos, un kraken random y diálogos dignos de los teletubbies.
Hay algo triste con El Señor de los Anillos: La Guerra de los Rohirrim. Sobre el papel parecía una idea espectacular: contar la legendaria historia de Helm Mano de Hierro, el rey que dio nombre al Abismo de Helm, expandiendo el lore de Rohan con una película de animación épica ambientada en el universo de Tolkien.
Pero lo que hemos recibido en cambio es un anime genérico de fantasía con skin del Señor de los Anillos, diálogos flojísimos, música de centro comercial y una historia que parece escrita deprisa y corriendo, sólo para justificar que Warner siga reteniendo los derechos de Tolkien.
Un despropósito disfrazado de Tolkien
La película empieza presentándonos a Hera, hija de Helm Mano de Hierro, una guerrera moderna, rebelde e independiente que se dedica a cabalgar libremente por las montañas mientras alimenta águilas gigantes, como si fueran sus periquitos. Mientras tanto, Freca, un ambicioso señor de la Marca Occidental, llega a Edoras acompañado de su hijo Wulf y propone casar a este con Hera para unir ambas familias. Helm sospecha que en realidad solo quiere acercarse al trono y decide resolver la situación a hostia limpia. El rey termina matando accidentalmente a Freca de un puñetazo y Wulf, viejo amigo de la infancia de Hera y enamorado de ella, es desterrado y jura vengarse. Lo típico.
Tiempo después, Hera parte a investigar unas amenazas en la frontera oriental, porque por lo visto no hay nadie más disponible y, tras ser atacada por un olifante descontrolado, consigue atraerlo hasta un lago y dárselo de comer a un kraken random gigantesco. Pues vale. Más adelante la muchacha es capturada y llevada a Isengard, donde descubre que Wulf está reuniendo un ejército para invadir Rohan y hacerse con el trono. La muchacha es rescatada por sus amigos, y vuelve a Edoras con la noticia. Allí es testigo del ataque de Wulf, y tras perder a sus dos hermanos, huye junto con su padre y el pueblo hasta la fortaleza de Cuernavilla. Allí son asediados por el villano, que decide construir un puente gigantesco de madera para atravesar las murallas aprovechando que los defensores se han olvidado de que tienen arcos y flechas incendiarias.

Durante el asedio, Helm empieza a realizar incursiones nocturnas él solo mientras sopla su cuerno, aterrorizando a los enemigos, que comienzan a creer que el rey se ha convertido en una especie de espectro vengador al descubrir que los cadáveres desaparecen misteriosamente tras cada ataque. Hera sigue a su padre en una de estas excursiones y termina capturada por unos orcos, quienes en realidad eran los responsables de robar los cuerpos para buscar anillos para Mordor. Helm logra rescatarla y la lleva de vuelta a la fortaleza, quedándose fuera para defender la puerta durante una tormenta de nieve. A la mañana siguiente aparece muerto, congelado y aun sosteniendo su espada en pie frente a las murallas.
En el tramo final, Hera desafía a Wulf a un combate singular y consigue derrotarlo pese a que el tipo lleva toda la vida entrenando para la guerra y la supera claramente en fuerza, experiencia y habilidad. Y por supuesto, en cuanto pierde rompe inmediatamente su promesa de retirarse porque es un malo malísimo, y ordena continuar el ataque igualmente. Finalmente, Hera recuerda que unas águilas gigantes viven en las montañas, y como son super amiguis, las usa para que entreguen un mensaje a su primo Fréaláf, que aparentemente todavía no se había enterado de que el país había sido invadido. Este llega con un ejército en el último minuto y derrota a los sitiadores con ayuda de Gandalf que… perdón eso es de otra peli.
Al final Fréaláf es coronado rey de Rohan mientras Hera, a quien gobernar le da bajona, rechaza el trono y se marcha a vivir electrizantes aventuras.
Hera: la guerrera inventada que le quitó toda la épica a la gesta de Eowyn
El protagonismo de Hera, probablemente sea el aspecto más polémico de toda la película. El personaje está construido claramente para convertirse en la gran heroína moderna de Rohan: independiente, más inteligente que todos los consejeros, mejor estratega que los veteranos de guerra, gran luchadora, líder moral del reino y prácticamente la única persona funcional rodeada de hombres impulsivos e incompetentes.
El problema no es que exista una protagonista femenina fuerte, porque Tolkien ya tenía personajes femeninos muy potentes como Éowyn, Galadriel o Lúthien. El problema es que Hera termina opacando todo lo que hacía especial precisamente a Éowyn dentro del lore original. Parte de la gracia de Éowyn era que rompía con las normas tradicionales de Rohan y se convertía en una excepción dentro de una cultura profundamente conservadora y guerrera. Pero ahora resulta que mucho antes ya existía otra superguerrera legendaria que hacía exactamente lo mismo, pero mejor, porque además lidera ejércitos, derrota olifantes, domestica águilas y termina salvando el reino entero. Y sinceramente, se nota muchísimo la sensación de “necesitamos una protagonista femenina sí o sí, aunque tengamos que sacárnosla del ojete”.

Y es que Tolkien tenía decenas de personajes y eventos interesantes dentro del lore de Rohan para desarrollar sin necesidad de crear una protagonista de la nada y que parece diseñada más para encajar en sensibilidades modernas que para integrarse orgánicamente en la Tierra Media.
La película más olvidable del universo Tolkien
Y por desgracia, todo esto se suma a una película que tampoco destaca demasiado en lo técnico ni en lo artístico. La animación intenta imitar constantemente el estilo épico de las películas de Peter Jackson pero sin acercarse jamás a su escala, su fuerza visual o su personalidad. Muchos movimientos se sienten extraños, las batallas parecen pequeñas, los escenarios carecen de vida y algunas escenas dan la sensación de estar viendo una cinemática larga de videojuego barato más que una producción importante del universo Tolkien.
La banda sonora intenta copiar desesperadamente el tono de Howard Shore sin conseguirlo en ningún momento, y la historia en general resulta tremendamente genérica, llena de clichés vistos mil veces en cualquier anime o fantasía medieval moderna.
Al final La Guerra de los Rohirrim termina siendo una película tremendamente genérica, olvidable y, lo peor de todo, incapaz de emocionar. Y eso en una historia ambientada en la Tierra Media debería considerarse casi un crimen. Porque ni siquiera consigue ser un desastre entretenido. Al menos la serie de Los Anillos de Poder, tiene ese punto de comedia involuntaria absolutamente desatada donde cada episodio parece escrito después de mezclar Tolkien con farlopa y una IA genérica de guiones. Esa serie se pasa el lore por el forro, sí, pero lo hace a lo grande, con la chorra fuera, y dejando momentos tan increíblemente absurdos y ridículos que acaban resultando memorables. Aquí no. Aquí todo se siente pequeño, plano y tremendamente seguro. Una película que intenta desesperadamente parecer épica mientras recicla escenas, ideas y planos de Jackson sin entender jamás por qué funcionaban. Y cuando termina, lo único que queda es el vacío más absoluto. No una leyenda de la Tierra Media.

Pasándose el lore por el orto para copiar a Peter Jackson
Lo peor de todo es la sensación constante de estar viendo una película obsesionada con recordarte algo muchísimo mejor. Todo intenta parecerse a las trilogías de Peter Jackson: los planos épicos de Rohan, los discursos solemnes, los cuernos sonando, las águilas apareciendo dramáticamente, los personajes mirando al horizonte con intensidad mientras sueltan frases genéricas, incluso algunos encuadres parecen directamente reciclados de Las Dos Torres. Exactamente lo mismo que ocurre en la serie Los Anillos de Poder.
El problema es que copiar la estética no significa entender por qué aquellas películas funcionaban. Jackson conseguía que la Tierra Media pareciera antigua, gigantesca y mitológica. Aquí solo hay una sucesión de personajes y escenas metidas con calzador destinadas únicamente al reconocimiento de marca. Y es que, la película no para de hacer referencias porque sí: Gandalf enviando cartas, Saruman apareciendo al final sin ningún motivo, orcos buscando anillos para Sauron siglos antes de que este regresara oficialmente, águilas usadas como carteros, olifantes y krakens de relleno y menciones constantes a cosas que no tienen sentido para la trama.
Pero al mismo tiempo se pasan buena parte del lore por el forro cuando les conviene. Porque la película quiere desesperadamente sentirse conectada con Tolkien… mientras modifica personajes, cambia dinámicas de Rohan y mete elementos que parecen escritos por un guionista con déficit de atención que vio las películas de Jackson de fondo mientras jugaba al Fortnite.
Y el resultado final es un batiburrillo muy soso. Demasiado fotocopiada para sentirse nueva y demasiado desconectada del espíritu de Tolkien para sentirse auténtica. Ni funciona como expansión seria del lore, ni como reinterpretación atrevida ni como película independiente.
Tolkien se revuelve en su tumba one more time
Y aquí aparece otra cuestión bastante evidente con muchas adaptaciones modernas: la obsesión por reinterpretar obras clásicas según sensibilidades ideológicas contemporáneas, aunque eso choque frontalmente con el espíritu original. Porque una cosa es ampliar personajes o explorar nuevas perspectivas… y otra muy distinta es dar la sensación constante de que el material original necesita ser “corregido”. Y lo peor de todo es que la mayoría de las veces esto no lo hacen admiradores genuinos, sino activistas radicalizados que odian la obra original y sólo buscan sacar tajada con la mayor de las sinvergonzonerías.
Y eso plantea una pregunta interesante: ¿Debe una obra clásica adaptarse obligatoriamente a los valores particulares de activistas y corrientes modernas, aunque eso altere profundamente su mensaje, o tendría que respetarse la visión original con sus virtudes, defectos y contexto histórico? Porque muchas veces da la sensación de que ciertas adaptaciones no quieren continuar el legado de una obra, sino reescribirlo para que encaje mejor en debates actuales y venderlo aprovechando la reputación de un nombre. Y cuando eso ocurre de forma demasiado evidente, el espectador deja de ver personajes naturales y empieza a notar la mano del estudio diciéndole constantemente lo que debe pensar.

Y lo más frustrante de El Señor de los Anillos: La Guerra de los Rohirrim, es que tenía mucho potencial. La historia de Helm sí daba para algo muy potente. Había elementos muy interesantes con los que trabajar, tragedia familiar, decadencia de un reino, venganzas obsesivas, el nacimiento de la leyenda del Abismo de Helm…
Pero la película nunca termina de profundizar en nada. Y el resultado final se siente más como un producto diseñado para mantener viva una franquicia que como una historia realmente necesaria.
No es completamente desastrosa. Pero sí tremendamente olvidable. Y sinceramente… para una película basada en uno de los reyes más legendarios de la tierra Media, eso casi duele más que si hubiera sido directamente un truño.