Wormwood: Putrefacto Caballero: el detective sobrenatural más borracho, putero y cafre del cómic

Hay cómics que intentan ser profundos. Otros quieren contar grandes epopeyas con discursos filosóficos.
Y luego está Wormwood: Putrefacto caballero, una obra donde un gusano interdimensional metido dentro de un cadáver podrido se dedica a salvar el mundo mientras bebe cerveza, insulta a todo el mundo y se da de ostias con leprechauns acompañado de un robot guardaespaldas.

Y sinceramente: Es una jodida maravilla.

Un cadáver putrefacto defendiendo la Tierra porque nadie más quiere hacerlo

El protagonista es Wormwood, una especie de entidad interdimensional con forma de gusano que controla un cuerpo putrefacto a modo de traje. Este simpático personajes parece el resultado de mezclar a un zombi alcohólico, John Constantine , un vagabundo poseído y el borracho olvidado detrás de la barra de un pub irlandés.  

Aun así, este ser asqueroso termina siendo básicamente uno de los pocos individuos capaces de proteger la Tierra de amenazas cósmicas, monstruos extradimensionales, sectas dementes, legiones de demonios y leprechauns cachondos. Sí. Leprechauns cachondos. Porque este cómic funciona exactamente así: cualquier idea extremadamente loca y ridícula, probablemente aparecerá en la siguiente página cubierta de sangre y tentáculos.

Compañeros de combate y de borrachera

Wormwood no está solo en su misión salvadora, le acompaña Mr. Pendulum, un robot cochambroso armado hasta los dientes cuya personalidad oscila constantemente entre un guardaespaldas psicópata y un mayordomo británico. El personaje es maravilloso porque se complementa a las mil maravillas con nuestro protagonista, formando uno de los dúos más cómicos y letales de la historia.

Y no están solos, junto a ellos suele aparecer Phoebe, una dura mercenaria con poderes sobrenaturales, y probablemente la única persona funcional de toda la serie, aunque vivir rodeada de monstruos alcohólicos interdimensionales no ayuda demasiado a mantener la salud mental. Luego tenemos a Medusa, exnovia de Woormwood y dueña de un bar de striptease que en realidad es la tapadera para un portal interdimensional por el que suelen colarse criaturas de otros universos. Y también suele rondar por el lugar el espíritu de un detective bastenate incompetente, que debe seguir trabajando para saldar su deuda kármica. Juntos forman una pandilla tan desternillante cómo mortal cuando empiezan a repartir ostias.

Ben Templesmith dibuja como si estuviera poseído por demonios hasta arriba de tripi.

Gran parte de la personalidad del cómic viene del arte de Ben Templesmith, el autor de 30 días de noche. Y sinceramente, o te encanta o te parece que alguien ha derramado sangre, tinta y cerveza sobre las páginas accidentalmente. Su estilo mezcla acuarelas sucias, manchas violentas, rostros deformes y escenarios decadentes. Todo con un toque un poco infantil que le sienta genial. Todo parece húmedo, oxidado y enfermo. Y funciona perfectamente para el tono del cómic.

Porque Wormwood no intenta ser bonito. Intenta parecer una pesadilla alcohólica a las tres de la mañana después de comerte un kebab sospechoso de carne de gremlin.

La historia avanza prácticamente a base de violencia exagerada, diálogos absurdos, monstruos grotescos, cerveza, humor negrísimo y una mala leche que roza lo sacrílego. Y lo mejor es que el cómic jamás intenta justificarse ni ponerse trascendental. Simplemente abraza completamente su propia locura.

Aquí un demonio puede intentar destruir la realidad mientras Wormwood responde algo como: “¿puedes esperar cinco minutos a que me termine la birra?» Y extrañamente funciona.

Una obra rápida, gamberra y tremendamente divertida

Una de las mejores cosas de Wormwood, es que no intenta convertirse en algo más grande de lo que es. No busca revolucionar el medio. No quiere darte lecciones morales. No intenta construir un lore infinito insoportable. Solo quiere entretenerte con monstruos, gore y caos sobrenatural. Y lo consigue de sobra.

Además se lee rapidísimo porque el ritmo es completamente salvaje. Cada pocas páginas aparece alguna criatura nueva o una masacre absurda o alguna idea tan ridícula que termina siendo brillante. Lo sorprendente es que debajo de toda la mugre, el humor cafre y las tripas desparramadas, el cómic tiene personalidad de sobra.

Wormwood termina cayéndote bien pese a ser desagradable, alcohólico y un poco egoísta. Porque en el fondo sigue siendo el típico antihéroe cansado que intenta evitar que el mundo se vaya al infierno mientras todo a su alrededor empeora constantemente. Y sorprendentemente, es bastante competente en la tarea.

Esto no es una obra elegante ni refinada. Es un cómic macarra, sangriento, grotesco y profundamente extraño. Pero precisamente por eso se ha convertido en una pequeña joya de culto para muchísimos fans de Ben Templesmith.

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