Wolfwalkers: la animación convertida en pura magia salvaje

Hay películas de animación que entretienen un rato y luego desaparecen de tu memoria antes incluso de terminar la cena. Y luego está Wolfwalkers, que parece hecha por artistas obsesionados con demostrar que la animación todavía puede ser arte de verdad y no solo una excusa para vender merchandising barato y funkos con ojos gigantes.

Un cuento irlandés sobre la libertad y el miedo

La historia nos lleva a una Irlanda del siglo XVII llena de bosques inmensos llenos de magia y supersticiones y ciudades grises donde las tensiones entre colonizadores ingleses y población local están a la orden del día. Allí conocemos a Robyn, hija de un cazador encargado de exterminar a los lobos que viven cerca de la ciudad y aburrida de la vida cotidiana. Pero todo cambia cuando conoce a Mebh, una niña salvaje perteneciente a los “wolfwalkers”, personas capaces de convertirse en lobos mientras duermen.

Y aunque la premisa parece la típica historia fantástica infantil, la película en realidad nos habla sobre la libertad, el miedo a la misma y el paso de la infancia a la madurez. Porque en el fondo todo gira alrededor de una idea muy clara: el choque entre una civilización obsesionada con controlarlo todo y una naturaleza imposible de domesticar.

Un apartado visual absolutamente increíble

El apartado visual de Wolfwalkers es una barbaridad. La película parece un cuento ilustrado antiguo que de repente ha empezado a moverse delante de ti. Todo tiene textura, vida y personalidad. Nada se siente artificial ni excesivamente limpio como ocurre en muchísimas animaciones modernas. Aquí los trazos son imperfectos, las líneas tiemblan y los escenarios parecen pintados a mano con un cariño casi enfermizo.

Pero lo más brillante es cómo utiliza las formas para contar la historia sin necesidad de decir nada. La ciudad y la civilización están llenas de líneas rectas, ángulos rígidos y espacios cerrados. Todo parece cuadrado, ordenado y opresivo. En cambio, el bosque está formado por curvas constantes, movimiento, colores vivos y formas orgánicas. La naturaleza parece literalmente respirar en pantalla mientras la ciudad da sensación de encierro permanente.

Es una de esas películas donde el propio estilo visual cuenta parte del mensaje. Y es que el paisaje es un personaje más de la misma.

La naturaleza como símbolo de libertad

Y el mensaje funciona precisamente porque nunca intenta ser simplón ni condescendiente. El bosque no aparece como un lugar perfecto de fantasía Disney donde todos los animales sonríen mientras cantan. Aquí la naturaleza es salvaje, impredecible y peligrosa. Los lobos cazan, atacan y sobreviven como pueden. Pero al mismo tiempo representan algo que la ciudad ha perdido completamente: la libertad y la magia.

Robyn vive atrapada entre normas, murallas y adultos que deciden constantemente qué puede hacer y qué no. Y poco a poco, al conocer a Mebh y descubrir el bosque, empieza a comprender que crecer no consiste solo en obedecer, sino también en decidir quién quieres ser realmente.

Y ahí es donde la película se vuelve muchísimo más madura de lo que aparenta. Porque debajo de toda la fantasía hay temas bastante potentes relacionados con el miedo a lo desconocido, el control político, la relación entre padres e hijos y esa obsesión humana por destruir todo aquello que no se entiende.

Una banda sonora con alma

Luego está la música, que es otra absoluta maravilla. La banda sonora mezcla folk irlandés con temas melancólicos y momentos muchísimo más salvajes que parecen sacados directamente del corazón del bosque. Hay escenas enteras donde imagen y música encajan tan bien que casi parece que estés viendo un sueño extraño y precioso.

Especialmente durante las secuencias donde los personajes corren convertidos en lobos. Ahí la película se desata y consigue algo dificilísimo: transmitir físicamente la sensación de libertad. Notas la velocidad, el viento y esa emoción infantil de correr sin pensar hacia ningún sitio concreto.

Y quizá lo más bonito de Wolfwalkers es que tiene alma. Muchísima alma. No parece una película diseñada por ejecutivos intentando fabricar el siguiente éxito viral, sino una obra creada por gente enamorada de la animación y de las historias fantásticas.

Por eso se queda contigo después de terminar. Porque más allá de los lobos, la fantasía y la animación preciosa, lo que realmente cuenta es una historia sobre aprender a vivir sin miedo y aceptarse a uno mismo.

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